Cuando Ernesto escuchó el bordoneo del contrabajo, rápidamente asoció el sonido con su última aventura mental en el viejo oeste. Ernesto era un bandido de los que se tapan la cara y usan botas con estrellitas en el talón; sólo que en el escaso conocimiento de Ernesto, él era uno de los buenos. Había confundido todos los cuentos que su madre y sus tías y su abuela y hermanas le habían contado. Ahora él, con una pistola en la mano y cabalgando en un camello, robaba a los ricos para darle a los pobres. La locomotora hacía un sonido igualitito al del contrabajo cuando esta estaba a punto de salir de un túnel y estaba lista para ser asaltada. Esa era la señal, ese sonido a tierra que eructaba la chimenea y que se quedaba impregnado en el cielo. Ernesto Días Alegre, más conocido en el viejo oeste como Peter Pan, iba cabalgando con sus secuaces detrás del tren, hasta llegar a la cabina principal en donde el conductor de la locomotora sudaba de miedo al ser apuntado con una pistola y al ser obligado a detener el tren. Sus secuaces iban a los carriles de atrás en donde siempre aguardaba, como un secreto bien contado, el cofre del tesoro. Ernesto regresaba, mas bien Peter Pan regresaba airoso de tremenda hazaña y cabalgaba con sus secuaces en dirección al sol, en donde sus cuerpos se hacían líquido y desaparecían sin dejar rastro.
- Escucha como tu tía toca las cuerdas Ernestito.
Su madre lo sacó del sueño en un instante y Ernesto volvió a ser un niño normal como todos los demás. La tía de Ernesto tocaba muy mal el contrabajo, parecía una disputa territorial cuando sus dedos huesudos jalaban toscamente las cuerdas del instrumento. Ernesto tenía que prestar atención a aquel sonido sin forma y tenía que sonreír y aplaudir luego de cada nota tocada para apoyar a su tía más joven, que con una mueca muy fea, quería aparentar que sabía lo que hacía. Luego le pareció escuchar el sonido que usaban en el barco cuando él era Simbad y tenía que hacer que los marinos remen más rápido. Los tambores sonaban uno tras otro. Realizaban una danza casi mística y su rítmica palpitación aceleraba la adrenalina en los remadores y los hacía remar más rápido. Simbad, que era Ernesto, llevaba un pañuelo cubriéndole la cabeza y un garfio que vendría a remplazar a su mano izquierda. Simbad tenía que rescatar a la princesa encantada que se encontraba sedada durante años y escoltada por un enorme dragón escupe fuego, y para eso tendría que dar la vuelta al mundo en tan solo ochenta días. Por eso los tambores empezaron a sonar más rápido y más rápido a tal punto que el navío empezó a elevarse por los cielos y a volar sobrepasando la velocidad de las aves y las nubes, dando la vuelta al mundo en tan solo ocho minutos y visualizando, por fin, el castillo en donde la princesa duerme adormecida por un fuerte sedante y el dragón espera con la garganta llena de llamas y están cerca y listos para enfrentarse a aquel dragón y Simbad siente un pellizcón en su nalguita y el dolor le hace recordar que tiene que aplaudir porque la tía mas joven necesita de su apoyo.
Por fin, el tormentoso ruido del contrabajo deja de sonar y Ernesto queda libre de la maldición de las cuerdas; porque para Ernesto su tía más joven era una momia que acababa de despertar de un largo sueño de mil años para apoderarse del medallón de la familia real y dormir a todos con el sonido de su instrumento ancestral.
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