martes, 12 de junio de 2012

13. GERARDO



Gerardo se está portando como todo un caballero. Habla sin gritar, tose a un lado de la mesa, se mantiene peinado, bien pintoncito, cachetón y bonito, como su mami le decía, mi gordo cachetoncito, tan bonito, como un osito grande grande grande, y lo arropaba con su frazada polar, para que tu barriguita no se enfríe mientras duermes, no y no y no, para eso está tu mami, para protegerte del frío. Y le daba un beso en la frente luego de persignarlo tres veces y encomendarlo a Santo Tomás de Aquino, su santo preferido, quien lo cuidaba gordo y lento, desde el cielo.


Pía ríe y celebra sus frases a cada minuto, y Gerardo, rechoncho y entusiasta, sonríe con cara de buda y de vez en cuando se limpia con un pañuelo el exceso de grasa que se le acumula en los pómulos. Gerardo está teniendo una gran noche. No puede creer que está cenando a la luz de los focos amarillentos de la Choza Naútica, con Pía, la mujer que siempre ha alumbrado sus sueños con la misma luz amarilla que ahora alumbra su mesa.


El dueño del restaurante donde están comiendo es un antiguo amigo del colegio. Gerardo lo recuerda flaco y ojeroso, y no distraído y altivo y con un bigote plomizo que le divide la cara en dos. El mozo que los atiende es un sujeto hablador y servicial, que con los ojos saltones y la sonrisa a un costado de la cara, sirve elegantemente el vino rojísimo en sus copas vacías. Gerardo volvió a mirar a Pía en toda la noche. La encontró blanca y perfumada. Con sus dedos flacos acomoda el mechón de cabello que se resbala sobre su frente. Gerardo mira ese acto con suprema devoción. Como cogiendo un sushi con palillos chinos, Pía captura el mechón fugitivo. Lo palpa, lo asiente, y arqueadamente lo coloca detrás de su oreja, como recálcandole un castigo, nunca debiste moverte de ahí, y lo deja reposado, en su lugar, y sus dedos flacos regresan a posarse sobre la mesa, y Gerardo, cachetón y bonito, quisiera tomar su mano, sujetarla contra la suya, embaucarla, enredarse entre sus dedos flacos, flaquísimos, y estira su mano sobre la mesa, lo va a intentar, Piíta, siempre he estado enamorado de ti, cogerá su mano y le dará un beso largo y tibio, Piíta, y acercará su boca a la suya, deslizándose, de costadito sobre la silla, y olerá sus labios de vino y pye de limón, y cerquita le dirá, Piíta, mil veces Piíta, y luego se recostará sobre su hombro, y cerrará los ojos, y la luna pegadita a ellos, alumbrará de contraluz su mesa, la única mesa que brilla azul en la Choza Naútica, donde el mozo sonriente sigue sirviendo el vino rojísimo en sus copas vacías. Gerardo estira su mano y coge su copa, resbaloso y torpe, la lleva hacia su boca. De un bocado traga todo su miedo y lo disuelve en su esófago.


-       Piíta, estás muy linda esta noche.



jueves, 7 de junio de 2012

12. ERNESTO



Ernestito está de safari. Lleva en la mano un rifle de magnitudes monstruosas y diseño y decorado humano. Dentro, descansa adormitado y recto, con unas plumitas de papagayo que lo hacen ver curiosito, un poderoso dardo bañado de sudor de rana que es capaz de mandar a cualquier forma de vida, a un profundo y doloroso sueño. Ernestito Jones se desplaza cual G.I.JOE sobre la maleza dura de concreto y serpentea las sillas y los muebles sucios de la selva. Cada vez queda menos agua en su termo de explorador en forma de chanchito. El sol largo y blanco brilla en medio del cielo, ahorrando, porsupuesto, cincuenta porciento más energía que los soles normales, para que Pía no esté caminando de un lado a otro, como hamster extraviado, lamentando en voz alta, altísima, que la cuenta de la luz, oh dios mío, cómo sucedió esto, vino alta, altísima. Ernestito Jones logra llegar al corazón de la selva. Había escuchado muchas historias acerca de este lugar, pero nunca imaginó que algún día, pudiera verlo con sus propios ojos, aquellos que son cubiertos por sus lentes de sol con protección UV para que la luz no le dañe las retinas, claro está. Ernestito Jones escucha un movimiento entre la maleza. Siente por primera vez el miedo escalar hasta sus orejas. El miedo lo paraliza y queda como estatua, como papel mojado pegado al techo, y no hay ninguna regla en este juego que lo pueda sacar rápidamente del trance. A sus oídos asustadizos llega un sonido extraño y cansado. Ayayay.

Ernesto Jones se llena de curiosidad y rompe el cemento del susto que atrapaba sus pies y con su látigo, que además de látigo le sirve de correa, y que además de correa también de pasador, subió hasta la rama frondosa de un árbol, donde quedaba el televisor, y se escondió detrás de las hojas marchitas del roble y dejó de respirar.

A lo lejos, aquella imagen legendaria que solo había alcanzado a ver en sus libros de cuentos y en las revistas para colorear, surgía del suelo, levantándose lentamente sobre el aire, como una nutria herida, estirando sus brazos hacia el cielo, como llamando a la lluvia, desatando un gemido adolorido. Ayayay. Y su piel arrugada y morena, producto del calentamiento global, se resbalaba de su cuerpo, estirándose hasta desocupar sus huesos. Ernestito Jones preparó su rifle. Sintió el metal frío en sus cachetes recientemente estirados y apretó fuerte las manos para no fallar. Sólo tenía una oportunidad y no la iba a desaprovechar. Su corazón empezó a trotar. Sonaba como el contrabajo de su tía pero con más ritmo. Su frente empezó a derramar toda el agua que había tomado de su botella de explorador. Sus piernas se cruzaron fuerte para que no se le escapara la pis. Sus ojos se agudizaron, se hicieron chinitos; pero tras esa rendija pequeña y obstruida, una vision de lentes 3D, esos que le puso su mami en el cine para ver la película y que le hizo vomitar toda la canchita que se comió, hacía visible el blanco al que apuntaba. Las nalgas arqueológicas de aquella criatura estaban amenazadas por la infalible puntería de Ernestito Jones. Sólo bastaba un disparo para que al fin, tras veinte años-minutos de búsqueda continua, aquella criatura epopéyica sea suya.
Ernesto desaseleró su corazón. Tragó un bocado de aire bien dulcecito, cerró los ojos y disparó. 


- ¡Muchachito del demonio! 


Ernestito Jones falló. Era la primera vez que una criatura se le escapaba de sus manos. Y no sólo eso, también tuvo que huir de aquel ultrasonido que producía el monstruo, como una gaviota enojada, sacudía las manos apuntando con su ira el sendero de Ernestito.

lunes, 13 de febrero de 2012

11. LA ABUELA DE ERNESTO



La abuela de Ernestito se llama Roma; pero todos le dicen Mamá Roma. Ella odia su nombre, y los espaguetis fríos y el pelo húmedo de los gatos. Su padre, un mercante codicioso y lleno de acné, tenía una extraña fascinación por la cultura Italiana. Empezó con la sobreestimación de un recuerdo traído directamente del Vaticano. Un santo bendecido por el mismísimo Papa. Se trataba de Santa Catalina de Siena, la hija número veinticuatro de un tintorero. Eufrosina, como la apodaron sus hermanos, se pasó toda su juventud teniendo visiones cubistas del infierno y el purgatorio, y apoyando fielmente a cuanto Papa aparecía.
Leandro era el nombre del padre de Mamá Roma, y a sus treinta y tres años (edad profética), cambió su nombre por el de Nápoles, suceso que le dio el sobrenombre de “el napolitano”. El Napolitano era un hombre mas que todo discreto. Siempre se vestía con el mismo pantalón y la misma camisa, aunque en su ropero guardaba celosamente y bajo llave, sus tres trajes blancos de beato que compró en una subasta con el dinero que heredó de su padre momentos antes de morir. Su padre, tapando el hoyo chamuscado que dejó la bala en su pecho, le pidió a Leandro que escribiera sus últimas palabras. Leandro cogió una rama de un árbol y empezó a escribir en la arena: A mi hijo y a mi mujer les dejo todo, a mis enemigos, un pasaje con todo pagado, a la mismísima mierda. Su padre firmó con su nombre completo, Juan Franciscano Perez Ceballos, y murió. Ese día Leandro prendió dos velitas misioneras y limpió el cuarto de su padre con agua bendita, o media bendita, ya que el robo de esta le había quitado una porción de santidad. Mientras Leandro realizaba su limpieza sacerdotal, encontró dentro de una de las medias de su padre, una estampilla gastadísima y arrugada del Papa saludando con la mano izquierda a una multitud de gente con frío. Abajo se leía con letras blancas y toscas, “El Papa en Roma”. A Leandro le gustó ese nombre, Roma, muy simpático, se dijo, muy simpático. Guardó la estampilla y siguió limpiando.
Mamá Roma se levanta con mucho esfuerzo del mueble. Su piel arrugada y dura se contrae y expande con el movimiento. Sus ojos amarillos y brillosos, llenos de cataratas, se mueven de su lugar, avanzan prolongadamente y escapan del borde de sus párpados para sobresalir un poco. Su boca, como una prenda arrugada, se pliega, se acordeona, cuelga de su cara como una extremidad sin huesos, ni músculos, sólo piel. Se coge fuertemente del borde del mueble, y empuja hacia arriba, se estira, con una mano en el mueble y la otra en el aire, como haciendo contrapeso, o equilibrio, o como si se sujetara del aire bien fuerte, de una mano, o de una asa; pero no hay nadie, sólo Mamá Roma que se estira para librarse de la comodidad del mueble, para descansar las posaderas y caminar aunque sea unos pasos, un poquitito no mas, ayayay, ayayay, y logra ponerse de pie para tomar un poco de aire y recuperar la energía perdida que ahora resbala por su cien: Una gota ploma y discreta que cuelga sostenida de una arruga, como resistiéndose a la gravedad, bajando lentamente y de espaldas, esperando su final. Mamá Roma siente unas diminutas manos hundirse en su trasero. La flecha dura y metálica de Cupido arremetiendo sin amor y sin cuidado. Ernesto choca y huye, con sonrisa de convicto, esperando escuchar de lejos el quejido diario de su abuela.
- ¡Muchachito del demonio!
Mamá Roma hace equilibrio de circo para no caer. Mientras gruñe, mira a Ernestito huir delgado y cabezón tras la puerta de la sala y correr en dirección a su cuarto. Mamá Roma piensa en ir detrás del niño y cogerlo de las patillas y sacarle toda la malcriadez a cachetadas; pero está cansada. En cambio olvida para qué se había levantado del mueble y vuelve a sentarse. Ayayay. Encuentra el control remoto enterrado bajo los cojines, enciende la tele, sube el volumen que ya se encontraba alto, e instantáneamente empieza a reírse de la primera imagen que logra ver: Jean Claude Van Damme lanza una patada voladora a un chino bastante inflado, que cae en cámara lenta sobre el suelo. Mamá Roma ríe al ver los grandes pectorales del chino moverse desnatural sobre su sitio. Como dos grandes senos peleando entre si, feos, tocos, sin la gravedad necesaria para lucir bien.
Un poco confundida, Mamá Roma siente un hilo caliente rozar sus piernas y bajar a sus talones. Siente un desequilibrio en sus músculos, una repetida sensación de placer y vergüenza corriendo por su piel dura, bajando hasta el último, sin retorno, con fluidez. Mamá Roma demora unos segundos en recordar que se había puesto en pie porque sus ya casi imperceptibles sentidos le habían dicho que tenía que ir a orinar. Y siente las gotas gruesas que bajan hasta calentar sus venas y teñir la alfombra de la casa, formando un charco espumoso y amarillento en forma de corazón. Ayayay.

domingo, 5 de febrero de 2012

10. PÍA



No había marcha atrás, Le había dicho que sí. No fue un quizás, ni un de repente, ni un tal ves, fue un sí rotundo, clarísimo, redondito. Sin marcha atrás.
Ahora Pía le echa la culpa a sus calores corporales, aquellos que empezaron un miércoles temprano. Apenas se puso de pie para abrir las ventanas de su cuarto, un calor durísimo trepó a sus senos como una picadura y se posó en su vientre. Pía sintió que era una flor abriéndose de día preparándose para ser polinizada. Y el viento llevaba en sus pies el semen botánico de otras flores al origen silvestre de Pía. Y Pía encandilada, flexible, durísima, inflaba los pechos grandotes para poder respirar.
Pía abre el ropero de su cuarto y coge su vestido blanco, aquel con el que bailó la última canción con su ex esposo antes que se fuera. Aquella noche Pía estaba hermosísima. Su cara brillaba blanca y tierna, y sus piernas flacas temblaban del frío. Era una noche americana. El cielo azulito alumbraba la acera y Pía caminaba sobre ella desposeída, libre, dejando el eco de sus tacos en cada pisada. Carlos la tenía sujeta de la mano, como un adolecente afirmaba suavemente sus dedos sobre ella, tímido y hasta torpe, calculaba la fuerza de sus articulaciones y medía de rato en rato la presión de su pulgar. Estaba nervioso, nerviosísimo, y eso le hacía sentir a Pía como una chiquilla admirada y deseada, pensando que su caminar hacía temblar a su esposo; mas nunca se le ocurrió pensar que ese nerviosismo era porque esa noche, luego del último baile, después de mirarle fijamente a los ojos y decirle “siempre serás parte de mi cuento de hadas”, la iba a dejar.
Pía seca una lágrima larga y fría que se resbala por su mejilla, y seca con ella todos sus recuerdos. Ahora el tiempo se había echo cargo de soplar cada momento perdido y la arropaba en el presente. Además sus senos aún se mantenían duros y redondos, equilibrados en la flaquísima figura de Pía, y Pía orgullosa se prueba su vestido blanco, escotadísimo, y sin aire Pía sonríe ajustada, momificada, y mira sus brazos largos y tiesos que cuelgan a los lados de su cuerpo, rígidos como una vitrina, y flexiona el brazo izquierdo y apoya su mano sobre su cintura, y se recoge el pelo con soltura, muy suave, y siente sus ondas formadas resbalar entre sus dedos, y sonríe de nuevo ajustada y nerviosa, y se le olvida que fue Gerardo, el gordo de la tienda, el que la invitó a salir, y se imagina que aquel hombre pulcro y hermoso de la otra vez, tocará el timbre en cualquier momento, y seguramente le traerá flores, y Pía, ¿para mi?, y él ¿para quién más?, y Pía, están lindísimas, y él, no se comparan a ti, y Pía, rojísima, y él, galanísimo, y Pía, pasa, y él, después de ti, y Pía se muerde el labio, y una ranura delgada y seca se posa debajo de sus dientes, y se borra tenue, frágil, como acariciada por el mar.
Pía mira la hora y siente la presión del minutero avanzando rápidamente. En cualquier momento empezará su cita con Gerardo. Pía aún no lo puede creer. Un si rotundo, clarísimo y redondito.

martes, 31 de enero de 2012

9. GERARDO


Gerardo no lo puede creer. Piíta está hermosa, parece una muñequita linda, chiquitita y chaposita, como una muñequita, linda, y caminando hacia él, y las luces parpadean; pero son sus ojos que se abren y se cierran, y él con la bocota abierta hasta el suelo, babosísimo, derramando kilométricas gotas de amor.

Y Piíta se acerca en cámara lenta, lentísima, con un vestido blanco que la envuelve de nubes, porque Piíta es el cielo, calmado, inmenso y chaposito, chaposito hasta el atardecer, todo rojo, veraniego y calmado, como en las películas de vaqueros, donde sale el sol bien grandototote al fondo, como un durazno sin cáscara a punto de estallar, y los vaqueros pasan delante de el, con cara de sueño, aburridísimos, mascando sus lenguas montados sobre sus caballos castrados bajo el cielo chaposo, que es Pía, y Gerardo babosísimo, hace malabares con las manos, y se seca las palmas sudorosas en el pantalón que planchó durante cuarena y tres minutos con una temperatura media y la ventana abierta, de donde entraba una conocida canción criolla, que repetía ansioso Gerardo, con el vapor de la plancha en la cara y los pulmones bien estrechos, "para que sepan todos, que tu me perteneces, con sangre de mis venas, te marcaré la frente".

lunes, 9 de enero de 2012

8. EL SEÑOR DEL BIGOTE


El señor que irá a recoger a Susanita del colegio con un helado en la mano, tiene un bigote largo y negro que peina todas las mañanas casi religiosamente, casi lentamente y casi sin querer; ha despertado de muy buen humor, con el cuello sudado, los ojos rasgados, y una carcajada silenciosa en la garganta.

Coge un vaso de agua que dejó desde el día anterior en su mesa de noche junto con sus cigarros, aquellos pocos que le quedaron luego de intentar dejarlos durante todo el día. Lleva dos meses, tres días y seis horas tratando de dejarlos. Lo único que ha logrado dejar hasta ahora han sido las ganas de dejar de fumar.

El Señor del bigote se mira al espejo: Los dientes, los codos, las entradas, el bigote, y sonríe a pesar que se ve más viejo: Los dientes opacos, los codos resecos, las entradas generosas y el bigote perfecto, como todos los días, alineado simétricamente con su peine de bolsillo, aquel que guarda con las cerdas cubiertas con un pañuelo en el bolsillo pequeño de su camisa, aquel bolsillo que es muy útil cuando tienes un bigote tan delicado, bigote que luce muy bien cuando usas traje de gala y una camisa con un bolsillo pequeño donde puedes guardar un peine cubierto con un pañuelo para alinear simétricamente, cuando es necesario, un bigote tan delicado.

El señor del bigote, luego de bañarse y refregarse el cuello y los pies, y la boca y las patillas; se viste desesperadamente porque ya se hizo tarde, y el tráfico de los viernes es desesperante y el ruido del claxon lo desespera y el desespero de su jefe al ver que no llega antes de la hora, 5 minutos antes, o dos, o segundos, pero nunca en punto, ni mucho menos después, es una fala de respeto, de res-pe-to, también lo desespera.

Pero hoy el señor del bigote, de aquel bigote negrísimo y simétricamente bien peinado, está contento, y no hay nada que le quite esa sonrisa opaca y muy bien refregada que se ha posicionado de su abultada y envejecida cara.

El Señor del bigote recogerá a Susanita del colegio, le dará un helado un poco derretido por la espera, y también la mano, un poco derretida por las ansias, y luego irán en un taxi a su casa. Pero eso será más tarde. Mientras tanto el Señor del bigote sueña con un bigote más firme y más brillante y con un jefe no tan puntual y es feliz.