Gerardo se está portando como todo un caballero. Habla sin gritar, tose a un lado de la mesa, se mantiene peinado, bien pintoncito, cachetón y bonito, como su mami le decía, mi gordo cachetoncito, tan bonito, como un osito grande grande grande, y lo arropaba con su frazada polar, para que tu barriguita no se enfríe mientras duermes, no y no y no, para eso está tu mami, para protegerte del frío. Y le daba un beso en la frente luego de persignarlo tres veces y encomendarlo a Santo Tomás de Aquino, su santo preferido, quien lo cuidaba gordo y lento, desde el cielo.
Pía ríe y celebra sus frases a cada minuto, y Gerardo, rechoncho y entusiasta, sonríe con cara de buda y de vez en cuando se limpia con un pañuelo el exceso de grasa que se le acumula en los pómulos. Gerardo está teniendo una gran noche. No puede creer que está cenando a la luz de los focos amarillentos de la Choza Naútica, con Pía, la mujer que siempre ha alumbrado sus sueños con la misma luz amarilla que ahora alumbra su mesa.
El dueño del restaurante donde están comiendo es un antiguo amigo del colegio. Gerardo lo recuerda flaco y ojeroso, y no distraído y altivo y con un bigote plomizo que le divide la cara en dos. El mozo que los atiende es un sujeto hablador y servicial, que con los ojos saltones y la sonrisa a un costado de la cara, sirve elegantemente el vino rojísimo en sus copas vacías. Gerardo volvió a mirar a Pía en toda la noche. La encontró blanca y perfumada. Con sus dedos flacos acomoda el mechón de cabello que se resbala sobre su frente. Gerardo mira ese acto con suprema devoción. Como cogiendo un sushi con palillos chinos, Pía captura el mechón fugitivo. Lo palpa, lo asiente, y arqueadamente lo coloca detrás de su oreja, como recálcandole un castigo, nunca debiste moverte de ahí, y lo deja reposado, en su lugar, y sus dedos flacos regresan a posarse sobre la mesa, y Gerardo, cachetón y bonito, quisiera tomar su mano, sujetarla contra la suya, embaucarla, enredarse entre sus dedos flacos, flaquísimos, y estira su mano sobre la mesa, lo va a intentar, Piíta, siempre he estado enamorado de ti, cogerá su mano y le dará un beso largo y tibio, Piíta, y acercará su boca a la suya, deslizándose, de costadito sobre la silla, y olerá sus labios de vino y pye de limón, y cerquita le dirá, Piíta, mil veces Piíta, y luego se recostará sobre su hombro, y cerrará los ojos, y la luna pegadita a ellos, alumbrará de contraluz su mesa, la única mesa que brilla azul en la Choza Naútica, donde el mozo sonriente sigue sirviendo el vino rojísimo en sus copas vacías. Gerardo estira su mano y coge su copa, resbaloso y torpe, la lleva hacia su boca. De un bocado traga todo su miedo y lo disuelve en su esófago.
- Piíta, estás muy linda esta noche.