No había marcha atrás, Le había dicho que sí. No fue un quizás, ni un de repente, ni un tal ves, fue un sí rotundo, clarísimo, redondito. Sin marcha atrás.
Ahora Pía le echa la culpa a sus calores corporales, aquellos que empezaron un miércoles temprano. Apenas se puso de pie para abrir las ventanas de su cuarto, un calor durísimo trepó a sus senos como una picadura y se posó en su vientre. Pía sintió que era una flor abriéndose de día preparándose para ser polinizada. Y el viento llevaba en sus pies el semen botánico de otras flores al origen silvestre de Pía. Y Pía encandilada, flexible, durísima, inflaba los pechos grandotes para poder respirar.
Pía abre el ropero de su cuarto y coge su vestido blanco, aquel con el que bailó la última canción con su ex esposo antes que se fuera. Aquella noche Pía estaba hermosísima. Su cara brillaba blanca y tierna, y sus piernas flacas temblaban del frío. Era una noche americana. El cielo azulito alumbraba la acera y Pía caminaba sobre ella desposeída, libre, dejando el eco de sus tacos en cada pisada. Carlos la tenía sujeta de la mano, como un adolecente afirmaba suavemente sus dedos sobre ella, tímido y hasta torpe, calculaba la fuerza de sus articulaciones y medía de rato en rato la presión de su pulgar. Estaba nervioso, nerviosísimo, y eso le hacía sentir a Pía como una chiquilla admirada y deseada, pensando que su caminar hacía temblar a su esposo; mas nunca se le ocurrió pensar que ese nerviosismo era porque esa noche, luego del último baile, después de mirarle fijamente a los ojos y decirle “siempre serás parte de mi cuento de hadas”, la iba a dejar.
Pía seca una lágrima larga y fría que se resbala por su mejilla, y seca con ella todos sus recuerdos. Ahora el tiempo se había echo cargo de soplar cada momento perdido y la arropaba en el presente. Además sus senos aún se mantenían duros y redondos, equilibrados en la flaquísima figura de Pía, y Pía orgullosa se prueba su vestido blanco, escotadísimo, y sin aire Pía sonríe ajustada, momificada, y mira sus brazos largos y tiesos que cuelgan a los lados de su cuerpo, rígidos como una vitrina, y flexiona el brazo izquierdo y apoya su mano sobre su cintura, y se recoge el pelo con soltura, muy suave, y siente sus ondas formadas resbalar entre sus dedos, y sonríe de nuevo ajustada y nerviosa, y se le olvida que fue Gerardo, el gordo de la tienda, el que la invitó a salir, y se imagina que aquel hombre pulcro y hermoso de la otra vez, tocará el timbre en cualquier momento, y seguramente le traerá flores, y Pía, ¿para mi?, y él ¿para quién más?, y Pía, están lindísimas, y él, no se comparan a ti, y Pía, rojísima, y él, galanísimo, y Pía, pasa, y él, después de ti, y Pía se muerde el labio, y una ranura delgada y seca se posa debajo de sus dientes, y se borra tenue, frágil, como acariciada por el mar.
Pía mira la hora y siente la presión del minutero avanzando rápidamente. En cualquier momento empezará su cita con Gerardo. Pía aún no lo puede creer. Un si rotundo, clarísimo y redondito.
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