martes, 31 de enero de 2012

9. GERARDO


Gerardo no lo puede creer. Piíta está hermosa, parece una muñequita linda, chiquitita y chaposita, como una muñequita, linda, y caminando hacia él, y las luces parpadean; pero son sus ojos que se abren y se cierran, y él con la bocota abierta hasta el suelo, babosísimo, derramando kilométricas gotas de amor.

Y Piíta se acerca en cámara lenta, lentísima, con un vestido blanco que la envuelve de nubes, porque Piíta es el cielo, calmado, inmenso y chaposito, chaposito hasta el atardecer, todo rojo, veraniego y calmado, como en las películas de vaqueros, donde sale el sol bien grandototote al fondo, como un durazno sin cáscara a punto de estallar, y los vaqueros pasan delante de el, con cara de sueño, aburridísimos, mascando sus lenguas montados sobre sus caballos castrados bajo el cielo chaposo, que es Pía, y Gerardo babosísimo, hace malabares con las manos, y se seca las palmas sudorosas en el pantalón que planchó durante cuarena y tres minutos con una temperatura media y la ventana abierta, de donde entraba una conocida canción criolla, que repetía ansioso Gerardo, con el vapor de la plancha en la cara y los pulmones bien estrechos, "para que sepan todos, que tu me perteneces, con sangre de mis venas, te marcaré la frente".

lunes, 9 de enero de 2012

8. EL SEÑOR DEL BIGOTE


El señor que irá a recoger a Susanita del colegio con un helado en la mano, tiene un bigote largo y negro que peina todas las mañanas casi religiosamente, casi lentamente y casi sin querer; ha despertado de muy buen humor, con el cuello sudado, los ojos rasgados, y una carcajada silenciosa en la garganta.

Coge un vaso de agua que dejó desde el día anterior en su mesa de noche junto con sus cigarros, aquellos pocos que le quedaron luego de intentar dejarlos durante todo el día. Lleva dos meses, tres días y seis horas tratando de dejarlos. Lo único que ha logrado dejar hasta ahora han sido las ganas de dejar de fumar.

El Señor del bigote se mira al espejo: Los dientes, los codos, las entradas, el bigote, y sonríe a pesar que se ve más viejo: Los dientes opacos, los codos resecos, las entradas generosas y el bigote perfecto, como todos los días, alineado simétricamente con su peine de bolsillo, aquel que guarda con las cerdas cubiertas con un pañuelo en el bolsillo pequeño de su camisa, aquel bolsillo que es muy útil cuando tienes un bigote tan delicado, bigote que luce muy bien cuando usas traje de gala y una camisa con un bolsillo pequeño donde puedes guardar un peine cubierto con un pañuelo para alinear simétricamente, cuando es necesario, un bigote tan delicado.

El señor del bigote, luego de bañarse y refregarse el cuello y los pies, y la boca y las patillas; se viste desesperadamente porque ya se hizo tarde, y el tráfico de los viernes es desesperante y el ruido del claxon lo desespera y el desespero de su jefe al ver que no llega antes de la hora, 5 minutos antes, o dos, o segundos, pero nunca en punto, ni mucho menos después, es una fala de respeto, de res-pe-to, también lo desespera.

Pero hoy el señor del bigote, de aquel bigote negrísimo y simétricamente bien peinado, está contento, y no hay nada que le quite esa sonrisa opaca y muy bien refregada que se ha posicionado de su abultada y envejecida cara.

El Señor del bigote recogerá a Susanita del colegio, le dará un helado un poco derretido por la espera, y también la mano, un poco derretida por las ansias, y luego irán en un taxi a su casa. Pero eso será más tarde. Mientras tanto el Señor del bigote sueña con un bigote más firme y más brillante y con un jefe no tan puntual y es feliz.