Gerardo no lo puede creer. Piíta está hermosa, parece una muñequita linda, chiquitita y chaposita, como una muñequita, linda, y caminando hacia él, y las luces parpadean; pero son sus ojos que se abren y se cierran, y él con la bocota abierta hasta el suelo, babosísimo, derramando kilométricas gotas de amor.
Y Piíta se acerca en cámara lenta, lentísima, con un vestido blanco que la envuelve de nubes, porque Piíta es el cielo, calmado, inmenso y chaposito, chaposito hasta el atardecer, todo rojo, veraniego y calmado, como en las películas de vaqueros, donde sale el sol bien grandototote al fondo, como un durazno sin cáscara a punto de estallar, y los vaqueros pasan delante de el, con cara de sueño, aburridísimos, mascando sus lenguas montados sobre sus caballos castrados bajo el cielo chaposo, que es Pía, y Gerardo babosísimo, hace malabares con las manos, y se seca las palmas sudorosas en el pantalón que planchó durante cuarena y tres minutos con una temperatura media y la ventana abierta, de donde entraba una conocida canción criolla, que repetía ansioso Gerardo, con el vapor de la plancha en la cara y los pulmones bien estrechos, "para que sepan todos, que tu me perteneces, con sangre de mis venas, te marcaré la frente".
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