lunes, 23 de mayo de 2011

7. LA HERMANA DEL MEDIO


La hermana del medio de Ernesto está en cuarto de primaria y le gusta las matemáticas, y le gusta calcular todo, cuántas horas duerme al día, cuántas uvas se come al mes, cuántos deseos pide en año nuevo, cuántas hojas tiene ese árbol, una, dos, tres, cuatro, ciiiiiinco, seeeeissss, sieee, y el carro avanza y baja una pequeña rampa que hace que su estómago salte y se vacíe por un instante, se ahueca, y vuelve a su sitio, y se queda sentadita, no su estómago, Susanita, la hermana del medio de Ernestito, que está tan cómoda en su sitio, sentadita al lado de la ventana, con el sol dándole a los ojos y ella tratándolos de abrir más y más para que toda la luz le entre a la retina y los haga más claros, no las retinas, los ojos, Susanita quiere que sus ojos sean claros, no, claros no, clarísimos, tanto que no sea necesario abrir más los ojos al sol y ver las cosas más claras, clarísimas, y contar más claro.

A Susanita la lleva la movilidad al colegio, porque a Pía no le gusta salir tan temprano de casa. Susanita tiene que lavarse la carita ella sola, mientras cuenta cuantas gotas de agua caen al suelo, se viste, primero las medias, una y dos, luego la blusita, tres, cuatro y cinco botones, luego se amarra el pelo y es en ese momento en que empieza a contar cada uno de sus cabellos pero siempre pasa algo que la hace perder la cuenta. Una vez, por ejemplo, cuando iba por el cabello ciento treinta y seis, Ernestito salió de detrás de la puerta del baño y con un BU muy fuerte asustó a Susanita y la hizo perder la cuenta. Luego Susanita baja a tomar su desayuno y cuenta en cuantos sorbos se termina su leche. Si está muy caliente puede demorar entre quince y catorce sorbos; pero si la leche no le quema la lengua y la garganta, la puede acabar en tan sólo diez sorbos. Una vez Susanita logró terminar su leche en seis sorbos, pero eso es algo que sólo se da una vez en la vida. Luego llega la movilidad, que esta vez se tardó tres minutos con catorce segundos en llegar, y recoge a Susanita. La señora Graciela baja de la minivan color gris y toca el timbre dos veces. Susanita demora quince pasos en llegar a la puerta y tan sólo dos palabras para despedirse de su mamá, chao mami, y sale.

En el auto van ocho niños de los cuales sólo tres son del salón de Susanita y cinco de ellos son mayores que ella. A Susanita siempre le ha gustado viajar al lado de la ventana, aún cuando es de noche y la calle está tan oscura que no puede contar nada.

Al llegar a su salón Susanita forma la fila en el patio de recreo, son treinta y seis en total, pero hoy sólo han llegado treinta y cinco, Miluska, a quien todos sus amigos le dicen Milu, debe de estar enferma, seguro está enfermita la pobre, con treinta y siete, treinta y ocho o treinta y nueve de fiebre y con escalofríos cada cinco minutos, seguro la pobre está en cama, pobre. Y Susanita pasa a su salón y se sienta en su pupitre a esperar que las horas pasen. Lo mejor es no contar, cuando uno cuenta el tiempo, este se demora más en pasar, por eso Susanita se recuesta en su carpeta y esconde la cara en los brazos y se queda dormida y sueña que es contadora, pero no de las que se sientan frente a una computadora, sino de las que cuentan todo en la vida, y Susanita la contadora empieza a contar las nubes, las sillas y hasta las estrellas y cuando estaba a punto de contar sus cabellos el timbre de la salida suena y la despierta y Susanita coge sus cosas, su mochila y su lonchera, se aprieta bien las colas, que son dos, y sale muy apurada-entusiasmada del colegio. Al salir, Susanita no camina hacia la minivan de color gris de la señora Graciela, corre hacia el lado contrario, donde un señor la espera en una esquina con un helado en la mano. Susanita llega donde el señor y le sonríe, le da la mano y se van juntos.

Luego de esperar, la minivan sale a dejar a los demás niños a sus casas.

miércoles, 18 de mayo de 2011

6. MAMÁ

No quería decirlo pero lo vio portarse tan valiente a su Ernestito que llena de orgullo e inflada de algo más, le ofreció a su pequeño un chupete, cualquiera, el que tú elijas Ernestito, porque ella sabía que a su hijo le encantan los chupetes, tanto que tarda todo un día para acabarse uno.

- Te has ganado un chupete Ernestito, el que quieras.

Si, el que él elija, porque ha sido tan valiente mi cabezón, mi pequeño Ernestito, que sin querer, ya está tan grande, míralo, cómo ha crecido su cuerpecito, y su cabeza, cada vez más grande también, todo un caballerito, con sus pantaloncitos tan arriba, como un viejo, como usaba su abuelo, tapándole el ombligo y con los zapatotes negros, bien negros, que al final del día terminan plomos-casi blancos. Cómo ha crecido mi Ernestito, mi compañerito, que me acompaña todas las tardes a tomar mi café, bien cargado y caliente, como a mi me gusta. Iré a comprarle su chupete, el que quiera.

A Pía no le importaba tener que ver a Gerardo otra vez. Hoy será la segunda vez que lo verá, y seguro será su tercera mentira en el día para zafarse de las proposiciones que Gerardo le hace continuamente.

Cuando Pía llegó a la tienda con Ernestito, sintió de inmediato los ojos de Gerardo clavados en sus pechos, sus cansados pechos que llevan años escondidos sin ver la luz y que deprimidos caen, día a día, largamente sobre su sitio. Pía siente de inmediato la invasión ocular de Gerardo sobre todo su cuerpo, primero su boca, sus ojos, sus manos, todos ellos se sienten secuestrados por su mirada, apretados, incómodos; pero a la vez se siente bien, un calor extraño, un hervor de bien adentro, y Pía se siente linda, bella, deseable, siente que es la misma que caminaba por la calle y que atraía miradas y silbidos, piropos y besos, y no sólo de los mecánicos, no, porque cuando yo era joven todos volteaban las cabezas para verme, todos, y yo pasaba regia, como siempre, super regia, con todo bien puesto y en su lugar, toda una modelo caracho, que tiempos aquellos, y a Pía empieza a gustarle esa sensación, esa sensación de antaño, de juventud, de chiquillada, y se divierte y se ríe y no sabe por que, pero está contenta, siente a sus nalgas más firmes que nunca, duritas, redonditas, como si hubiera hecho una hora de spinning o subido el Empire Estate por las escaleras, y su cintura se adelgaza, se reprime, y le da calores por todo el cuerpo, y Pía quiere que un hombre la ame, la haga sentir así cada noche, cada tarde después de almuerzo, cada domingo después de correr, cada miércoles después de la novela y cada día antes que sea muy tarde, y cogería al primer hombre que me hiciera sentir así, al primero que venga, que tengo ganas de amar, amar abiertamente, amar, y Pía abre los ojos y mira los ojos de Gerardo que tiene los ojos clavados en cada una de sus extremidades, y los ojos de Pía se asustan, saltan y huyen para un costado, y Pía está avergonzada, porque se sintió bien mientras Gerardo le miraba los pechos, ahora revividos por la sangre caliente en su cuerpo. Pía escapa de su trance y despierta, logra entibiar su cuerpo y retomar su postura y tras unas palmaditas en el potito de su hijo despierta completamente, como si esas palmaditas hubieran sido para ella.

- Mi amor, escoge rápido que seguro Gerardo tiene muchas cosas que hacer además de atendernos.

- Claro que no Piíta, no hay nada más importante que el cliente y ustedes son mis clientes, ¿cierto Ernestito?

Pía celebra los ojos chinitos de Ernestito cogiéndole los cachetitos con mucha suavidad, no como su hermana Jovita que los estira hasta más no poder, hasta dejarle una marca roja en la cara. Al salir Pía siente otra vez ese hervor en su piel, ese comezón en cada una de sus extremidades que la hace voltear y ver que atrás de ella está Gerardo, mirándola, mirándola y penetrando sus ojos hasta llegar a sus órganos y ve que se acerca, siempre manteniendo esa mirada, aquella mirada que mantienen las leonas frente a su presa, baja, directa, hiriente, y a Pía esa mirada también la hiere, la hace sentir una presa, acorralada, indefensa, a punto de entregarse a la mordida mortal de su acechador.

- Hola Piíta, perdón, Pía ¿Quieres salir esta noche a cenar?

Y Pía, aún siente el cuerpo caliente, herido, extraño, como nunca antes, no entiende por que se siente así, no entiende el ardor en los brazos, ni el cosquilleo en la panza, ni por que le dijo que sí a Gerardo, cómo dices Piíta, que sí, entonces esta noche paso por ti, y ella, nos vemos, y Pía ahora consternada no sabe que hizo y sólo atina a ver a Ernestito jugando con su chupete, haciéndolo volar cual nave espacial.

martes, 17 de mayo de 2011

5. GERARDO


Cada vez que Gerardo ve entrar a Pía a su tienda, un raro calambre, así bien doloroso pero a la vez placentero, pero doloroso, sube por su pierna hasta llegar a su oreja. Gerardo confunde ese cosquilleo tan doloroso pero a la vez placentero, pero doloroso, con una rara enfermedad que vio en un documental en la tele sobre las hormigas bala y el efecto de su veneno sobre los hombres. Desde el día en que vio ese documental en la tele, Gerardo siente cómo caminan aquellas enormes y rojas hormigas debajo de su cama, esperando el momento más oscurito de la noche para trepar por la pared y abrir sus tremendos colmillos, rojos como ellas y afilados como ellas, para darle una mordida mortal, como la mordida de una bala a corta distancia sobre la piel blanca y rechoncha de un gordo rechoncho dueño de una tienda que se pasa el día pensando en su clienta favorita que se llama Pía que es muy linda y que tiene un hijo hermoso y cabezón y ningún marido.

Gerardo, como suele hacer cada vez que Pía llega a su tienda, sale a recibirla con una gran y rechoncha sonrisa, las manos sudorosas y el pelito bien acomodadito hacia la izquierda, así, bien bonito, con la rayita bien hecha y me paso la mano porsiacaso, porque en cualquier momento Piíta puede venir, y así fue, vino, siempre con los ojazos y las zapatillas blancas y el mechón de cabello que siempre le cuelga y que quisiera colocarlo en su sitio, detrás de la orejita, siempre limpia, y repetir el acto cientos de veces.

- Hola Piíta, bienvenida, cuéntame, qué necesitas

- Gerardo, ya te he dicho que no es necesario que me llames Piíta siempre, con Pía está bien.

- Es que yo siempre quiero dar la mejor atención a mis clientes.

- Bueno, vengo por un chupete para Ernestito que hoy se portó muy bien frente a su tía. Escuchó su música sin distraerse y hasta dejó que le estirara los cachetes sin protestar. Es todo un campeón. ¿Verdad Ernestito?

Gerardo no vio que Ernestito estaba con los ojos perdidos en dios sabe qué galaxia y que estaba combatiendo secretamente a los invasores extraterrestres para quitarles sus naves y hacerse el hombre más fuerte de todo el mundo, claro, después de Superman. Gerardo tampoco vio cuando Pía golpeó a su hijo con un leve empujoncito para despertarlo del trance y así Ernestito escogiera rápido el chupete que quería y se puedan ir igual de rápido de la tienda. Lo único que vio Gerardo fue la pequeñísima boquita de Pía, porque así quiere que la llame, pero me gusta más Piíta, y sus pechos blancos y redondos, claro, porque no, sus pechos también son lindos, y su boquita y su manito palmeando a su Ernestito, dándole en el potito suavecito no sé para qué, pero insistiendo e insistiendo y su potito rojo de tanto golpecito.

- Mi amor, escoge rápido que seguro Gerardo tiene muchas cosas que hacer además de atendernos.

- Claro que no Piíta, no hay nada más importante que el cliente y ustedes son mis clientes, ¿cierto Ernestito?

Gerardo sabía que a Ernestito le encantaba que le diga Ernestito, porque cada vez que lo hacía, el pequeño cerraba los ojitos como agradeciéndole el gesto y lo miraba fijo a los ojos, cualquiera diría que está molesto, pero mira como me mira con esos ojitos, dos rayitas, y la sonrisa que siempre guarda porque no le gusta mostrarla, seguro le dará vergüenza, sí, pobre, tan chiquito y tan avergonzadito y la cabezota que seguro le pesa tanto, porque la mueve de arriba abajo y de abajo arriba con tanto esfuerzo, como si no quisiera hacerlo, tan tierno Ernestito. Le encanta que le diga así, Ernestito, y de inmediato sus dos ojos chinitos. Y Piíta que le guiña el ojo, porque seguro le pidió que se portara bien, para quedar bien conmigo, y le soba los cachetitos, yo también algún día le sobaré esos cachetitos, y le guiñaré el ojo, así como Pía, porque así quiere que la llame, pero me gusta más Piíta. Sí, Piíta, con su boquita y sus ojos grandes, y claro, porque no, con sus pechitos blancos y firmes.

jueves, 12 de mayo de 2011

4. ERNESTO


Cuando Ernesto escuchó de los labios de su madre la palabra chupete, dejó de imaginar que era el hombre elástico y que con sus cachetes iba a golpear a su tía más joven para que nunca más se los estirara. De inmediato tomó la mano de su mami y se fue a la tienda en busca de su chupete.

Al llegar a la tienda, su mano se soltó y salió de un salto en busca de su chupete. Tardaría horas en busca del color ideal. Habían salido muchos colores nuevos últimamente que no sabría cuál elegir. Mientras tanto la madre de Ernesto se quedó conversando con Gerardo, el dueño de la tienda, que a Ernesto le parece un gordo feo y grasoso.

Los colores variaban de un rojo con negro muy atractivo pero a la vez muy intimidante a un fucsia casi violeta con pequeños puntitos amarillos. Habría que analizar muy bien las cosas, su lengua ha estado muy exigente en estos días. De pronto, aquellos chupetes redondos y coloridos empezaron a elevarse y a girar en el cielo, luces de colores salieron de sus costados. Había empezado la invasión y Ernesto, que ahora se hacía llamar “hombre de negro”, no estaba preparado para el combate extraterrestre. Su famosa arma, el bati-bumerang, había sido dañada por Sebastian, su compañero del colegio, cuando ambos, a falta de policías y bomberos, ayudaron a una indefensa y piernona chica que estaba siendo atacada por un grupo de chicos de pantalones anchos y pelo largo. Ernesto guardaba un as bajo la manga, había acumulado metros y metros de cabello humano que había arrancado a unos narcotraficantes espaciales y que había guardado secretamente en una de sus medias para usarlo cuando llegara el momento adecuado. Definitivamente para Ernesto, había llegado el momento adecuado. Se sacó el zapato con prisa y mucha habilidad (Ernesto había ensayado un método que prendió en la India de cómo sacarte el zapato sin desamarrarte los pasadores), cogió su media y de un sacudón sacó más de 10 metros de cabello humano que bien compacto se hallaba guardado entre su dedo gordo y anular. La invasión se había extendido por todo el mundo hasta llegar al África, en donde tres extraterrestres murieron de insolación y dos de hambre. Ernesto, con la ayuda de casi 10 metros de cabello humano bien guardado en una de sus medias, cabalgó sobre una nave de luces color naranja y saboteó tres aterrizajes extraterrestres, convirtiéndolo en un héroe nacional e internacional y hasta transnacional. De todos lados llegaron para homenajearlo. El Pontífice dio unas palabras en honor al hombre de negro.

- ¿Ya escogiste Ernestito?

Claro que había escogido, escogió la nave que más pelea le había dado, aquella de puntitos rojos sobre el caramelo azul que le dejaría un recuerdo durante horas de su artificial color.

- Mi amor, escoge rápido que seguro Gerardo tiene muchas cosas que hacer además de atendernos.

- Claro que no Piíta, no hay nada más importante que el cliente y ustedes son mis clientes, ¿cierto Ernestito?

¿Erenestito? Odiaba que el gordo grasoso lo llamara Ernestito. Le hacía arrugar los ojos a tal punto de simplificarlos a tan sólo un punto, un puntito como el que pone sobre la i cuando escribe mami o jovi o mami otra vez. Pero Ernesto sabía que no podía sacar el cabello que ocultaba en su media porque a mami no le gustaría que monte al gordo grasoso como un gran platillo volador y lo estrellara sobre el desierto para luego llevarlo a que los osos polares se lo coman vivo y puedan alimentar a sus crías en extinción.

Ernesto movió la cabezota de arriba abajo y de abajo arriba y luego miró a su mami que no tardó en guiñarle el ojo y acariciarle los cachetes que de seguro luego estarían llenos de caramelo y tan melosos que el pasto y los insectos se le quedarían pegados.

Ernesto miró al gordo grasoso y vio que también le sonreía con sus dientotes amarillos amarillos y llenos de latas de atún, porque Ernesto detestaba el atún y detestaba cuando su mami abría una de esas latas de atún que hacían que toda la casa apestará a atún y también su cuarto, a pesar que Ernesto derramaba todo el perfume de su mami en su cama y se echaba boca abajo inhalando fuertemente hasta quedarse sin aire y sin nariz.

- Hasta luego señor.

miércoles, 11 de mayo de 2011

3. MAMÁ


Cuándo la tía más joven de Ernesto empezó a tocar el contrabajo y Ernesto empezó a inventar personajes y situaciones en su cabeza, la mamá de Ernesto, que se llama Mauricia Pía Alegre y que solamente la llaman Pía, pero si es de cariño Piíta, pero si es con rencor, Mauricia; empezó a recordar a aquel hombre que se sentó a su lado esta mañana cuando iba en el micro.

Pía se sentó, como casi todos lo hacen, en una fila de asientos vacíos para evitar la incomodidad de sentarse junto a algún extraño que pueda tener o piernas grandes, o codos anchos, o ser un psicópata mañoso que le gusta mirar las faldas cortas de las señoras. Estuvo mirando la calle por largos minutos. Lo mismo de siempre. Pistas, autos, perros, el mismo letrero de Inca Kola, el mismo pobre pidiendo limosnas. Pía siguió mirando las calles sucias, la ventana sucia, el cobrador sucio, los asientos mugrosos, el chofer también sucio, el hombre pulcro y hermoso que subió al micro y se empezó a acercar a ella, y Pía, no puede ser, a mi asiento no, no creo, y se sentó junto a ella, que miró nuevamente las calles sucias y la ventana sucia y así sucesivamente hasta terminar nuevamente en aquel hombre pulcro y bello que subió al micro y se sentó junto a ella.

Pía lo miraba de reojo. El hombre pulcro y bello tenía los ojos muy pequeños, pero lo suficientemente grandes para que el color verde grisáceo de su iris se pudiera notar. Los lentes puestos lo hacían intelectual. El traje y la corbata lo hacían elegante. El anillo en el dedo lo hacía imposible. Pía imaginó que ella también tenía un anillo en su dedo y que él la abrazaba en el asiento del micro. Y el hombre pulcro y bello enredaba sus brazos en el cuerpo de Pía, su esposa, y la acercaba a sus ojos verdes grisáceos y Pía, la esposa, se sentía feliz, más feliz que nunca, tanto que se le olvidó su paradero y tuvo que tomar otro micro de regreso porque se había pasado hasta San Juan de Miraflores.

Una horrible nota Mi la despertó del recuerdo. Al volver a la tierra Pía se dio cuenta que Ernestito, su hijo, se encontraba fuera de sí, perdido en quién sabe qué aventuras y decidió pellizcarlo en la nalga para que se dejara de tantos sueños y empezara a prestarle atención a su tía más joven. Era como si ella misma se hubiera dado un pellizcón.

Pía siguió sonriéndole a su hermana más joven mientras escuchaba, por obligación, la grisácea melodía que ella tocaba.

Al terminar, la hermana más joven de Pía cogió a Ernestito por los cachetes y los estiró hasta dislocarlos, si era eso posible, y luego los volvió a su lugar. Pía sabía que su hijo detestaba que le hicieran eso, pero se portó muy bien, sonrió en todo momento y no se quejó, por eso merecía una recompensa. Fue con Ernesto a la tienda a comprarle un chupete.

martes, 10 de mayo de 2011

2. LA TÍA MÁS JOVEN

La tía más joven de Ernesto se llama Jovita. Jovita tiene treinta y tres años y luce siempre cansada. Dice que al llegar a la edad del Señor uno siente que pronto va a ser crucificado. Y luego de decir esa frase que elaboró luego de varios días de arduo estudio bíblico, la tía Jovita abre los brazos y junta las piernas y pone cara de sedienta. Ernesto la mira admirado-asustado y reza por las noches para nunca llegar a esa edad.

La tía Jovita es la última de cinco hermanas. La mamá de Ernesto es la cuarta.

Jovita aspiró para su vida un tranquilo trabajo de oficina, un pequeño departamento en San Isidro y un esposo alto, blanco y servicial. No pudo conseguir ninguno de los tres. Ni el trabajo ni el departamento ni el esposo. En cambio, Jovita consiguió un trabajo de vendedora de cosméticos, una casa en Santiago de Surco que comparte con sus cuatro hermanas, con su madre, con sus tres sobrinas y con Ernestito, el único hombre en su vida.

La tía más joven de Ernesto, luego de enfundar su instrumento, practica el ritual de las tías más jóvenes. Se acerca a Ernestito, se pone a la misma altura que él, para eso flexiona sus piernas, se convierte en una cigüeña en reposo, lo mira con cara de propina, estira las manos hasta el rostro de su sobrino y estira sus cachetes, los alarga como chicle y los vuelve a poner en su lugar. Ernesto tiene que sonreír porque mamá lo está mirando y sabe que tiene que dar su apoyo a su tía más joven que se quedó sin marido.

lunes, 9 de mayo de 2011

1. ERNESTO

Cuando Ernesto escuchó el bordoneo del contrabajo, rápidamente asoció el sonido con su última aventura mental en el viejo oeste. Ernesto era un bandido de los que se tapan la cara y usan botas con estrellitas en el talón; sólo que en el escaso conocimiento de Ernesto, él era uno de los buenos. Había confundido todos los cuentos que su madre y sus tías y su abuela y hermanas le habían contado. Ahora él, con una pistola en la mano y cabalgando en un camello, robaba a los ricos para darle a los pobres. La locomotora hacía un sonido igualitito al del contrabajo cuando esta estaba a punto de salir de un túnel y estaba lista para ser asaltada. Esa era la señal, ese sonido a tierra que eructaba la chimenea y que se quedaba impregnado en el cielo. Ernesto Días Alegre, más conocido en el viejo oeste como Peter Pan, iba cabalgando con sus secuaces detrás del tren, hasta llegar a la cabina principal en donde el conductor de la locomotora sudaba de miedo al ser apuntado con una pistola y al ser obligado a detener el tren. Sus secuaces iban a los carriles de atrás en donde siempre aguardaba, como un secreto bien contado, el cofre del tesoro. Ernesto regresaba, mas bien Peter Pan regresaba airoso de tremenda hazaña y cabalgaba con sus secuaces en dirección al sol, en donde sus cuerpos se hacían líquido y desaparecían sin dejar rastro.

- Escucha como tu tía toca las cuerdas Ernestito.

Su madre lo sacó del sueño en un instante y Ernesto volvió a ser un niño normal como todos los demás. La tía de Ernesto tocaba muy mal el contrabajo, parecía una disputa territorial cuando sus dedos huesudos jalaban toscamente las cuerdas del instrumento. Ernesto tenía que prestar atención a aquel sonido sin forma y tenía que sonreír y aplaudir luego de cada nota tocada para apoyar a su tía más joven, que con una mueca muy fea, quería aparentar que sabía lo que hacía. Luego le pareció escuchar el sonido que usaban en el barco cuando él era Simbad y tenía que hacer que los marinos remen más rápido. Los tambores sonaban uno tras otro. Realizaban una danza casi mística y su rítmica palpitación aceleraba la adrenalina en los remadores y los hacía remar más rápido. Simbad, que era Ernesto, llevaba un pañuelo cubriéndole la cabeza y un garfio que vendría a remplazar a su mano izquierda. Simbad tenía que rescatar a la princesa encantada que se encontraba sedada durante años y escoltada por un enorme dragón escupe fuego, y para eso tendría que dar la vuelta al mundo en tan solo ochenta días. Por eso los tambores empezaron a sonar más rápido y más rápido a tal punto que el navío empezó a elevarse por los cielos y a volar sobrepasando la velocidad de las aves y las nubes, dando la vuelta al mundo en tan solo ocho minutos y visualizando, por fin, el castillo en donde la princesa duerme adormecida por un fuerte sedante y el dragón espera con la garganta llena de llamas y están cerca y listos para enfrentarse a aquel dragón y Simbad siente un pellizcón en su nalguita y el dolor le hace recordar que tiene que aplaudir porque la tía mas joven necesita de su apoyo.

Por fin, el tormentoso ruido del contrabajo deja de sonar y Ernesto queda libre de la maldición de las cuerdas; porque para Ernesto su tía más joven era una momia que acababa de despertar de un largo sueño de mil años para apoderarse del medallón de la familia real y dormir a todos con el sonido de su instrumento ancestral.