miércoles, 11 de mayo de 2011

3. MAMÁ


Cuándo la tía más joven de Ernesto empezó a tocar el contrabajo y Ernesto empezó a inventar personajes y situaciones en su cabeza, la mamá de Ernesto, que se llama Mauricia Pía Alegre y que solamente la llaman Pía, pero si es de cariño Piíta, pero si es con rencor, Mauricia; empezó a recordar a aquel hombre que se sentó a su lado esta mañana cuando iba en el micro.

Pía se sentó, como casi todos lo hacen, en una fila de asientos vacíos para evitar la incomodidad de sentarse junto a algún extraño que pueda tener o piernas grandes, o codos anchos, o ser un psicópata mañoso que le gusta mirar las faldas cortas de las señoras. Estuvo mirando la calle por largos minutos. Lo mismo de siempre. Pistas, autos, perros, el mismo letrero de Inca Kola, el mismo pobre pidiendo limosnas. Pía siguió mirando las calles sucias, la ventana sucia, el cobrador sucio, los asientos mugrosos, el chofer también sucio, el hombre pulcro y hermoso que subió al micro y se empezó a acercar a ella, y Pía, no puede ser, a mi asiento no, no creo, y se sentó junto a ella, que miró nuevamente las calles sucias y la ventana sucia y así sucesivamente hasta terminar nuevamente en aquel hombre pulcro y bello que subió al micro y se sentó junto a ella.

Pía lo miraba de reojo. El hombre pulcro y bello tenía los ojos muy pequeños, pero lo suficientemente grandes para que el color verde grisáceo de su iris se pudiera notar. Los lentes puestos lo hacían intelectual. El traje y la corbata lo hacían elegante. El anillo en el dedo lo hacía imposible. Pía imaginó que ella también tenía un anillo en su dedo y que él la abrazaba en el asiento del micro. Y el hombre pulcro y bello enredaba sus brazos en el cuerpo de Pía, su esposa, y la acercaba a sus ojos verdes grisáceos y Pía, la esposa, se sentía feliz, más feliz que nunca, tanto que se le olvidó su paradero y tuvo que tomar otro micro de regreso porque se había pasado hasta San Juan de Miraflores.

Una horrible nota Mi la despertó del recuerdo. Al volver a la tierra Pía se dio cuenta que Ernestito, su hijo, se encontraba fuera de sí, perdido en quién sabe qué aventuras y decidió pellizcarlo en la nalga para que se dejara de tantos sueños y empezara a prestarle atención a su tía más joven. Era como si ella misma se hubiera dado un pellizcón.

Pía siguió sonriéndole a su hermana más joven mientras escuchaba, por obligación, la grisácea melodía que ella tocaba.

Al terminar, la hermana más joven de Pía cogió a Ernestito por los cachetes y los estiró hasta dislocarlos, si era eso posible, y luego los volvió a su lugar. Pía sabía que su hijo detestaba que le hicieran eso, pero se portó muy bien, sonrió en todo momento y no se quejó, por eso merecía una recompensa. Fue con Ernesto a la tienda a comprarle un chupete.

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