No quería decirlo pero lo vio portarse tan valiente a su Ernestito que llena de orgullo e inflada de algo más, le ofreció a su pequeño un chupete, cualquiera, el que tú elijas Ernestito, porque ella sabía que a su hijo le encantan los chupetes, tanto que tarda todo un día para acabarse uno.
- Te has ganado un chupete Ernestito, el que quieras.
Si, el que él elija, porque ha sido tan valiente mi cabezón, mi pequeño Ernestito, que sin querer, ya está tan grande, míralo, cómo ha crecido su cuerpecito, y su cabeza, cada vez más grande también, todo un caballerito, con sus pantaloncitos tan arriba, como un viejo, como usaba su abuelo, tapándole el ombligo y con los zapatotes negros, bien negros, que al final del día terminan plomos-casi blancos. Cómo ha crecido mi Ernestito, mi compañerito, que me acompaña todas las tardes a tomar mi café, bien cargado y caliente, como a mi me gusta. Iré a comprarle su chupete, el que quiera.
A Pía no le importaba tener que ver a Gerardo otra vez. Hoy será la segunda vez que lo verá, y seguro será su tercera mentira en el día para zafarse de las proposiciones que Gerardo le hace continuamente.
Cuando Pía llegó a la tienda con Ernestito, sintió de inmediato los ojos de Gerardo clavados en sus pechos, sus cansados pechos que llevan años escondidos sin ver la luz y que deprimidos caen, día a día, largamente sobre su sitio. Pía siente de inmediato la invasión ocular de Gerardo sobre todo su cuerpo, primero su boca, sus ojos, sus manos, todos ellos se sienten secuestrados por su mirada, apretados, incómodos; pero a la vez se siente bien, un calor extraño, un hervor de bien adentro, y Pía se siente linda, bella, deseable, siente que es la misma que caminaba por la calle y que atraía miradas y silbidos, piropos y besos, y no sólo de los mecánicos, no, porque cuando yo era joven todos volteaban las cabezas para verme, todos, y yo pasaba regia, como siempre, super regia, con todo bien puesto y en su lugar, toda una modelo caracho, que tiempos aquellos, y a Pía empieza a gustarle esa sensación, esa sensación de antaño, de juventud, de chiquillada, y se divierte y se ríe y no sabe por que, pero está contenta, siente a sus nalgas más firmes que nunca, duritas, redonditas, como si hubiera hecho una hora de spinning o subido el Empire Estate por las escaleras, y su cintura se adelgaza, se reprime, y le da calores por todo el cuerpo, y Pía quiere que un hombre la ame, la haga sentir así cada noche, cada tarde después de almuerzo, cada domingo después de correr, cada miércoles después de la novela y cada día antes que sea muy tarde, y cogería al primer hombre que me hiciera sentir así, al primero que venga, que tengo ganas de amar, amar abiertamente, amar, y Pía abre los ojos y mira los ojos de Gerardo que tiene los ojos clavados en cada una de sus extremidades, y los ojos de Pía se asustan, saltan y huyen para un costado, y Pía está avergonzada, porque se sintió bien mientras Gerardo le miraba los pechos, ahora revividos por la sangre caliente en su cuerpo. Pía escapa de su trance y despierta, logra entibiar su cuerpo y retomar su postura y tras unas palmaditas en el potito de su hijo despierta completamente, como si esas palmaditas hubieran sido para ella.
- Mi amor, escoge rápido que seguro Gerardo tiene muchas cosas que hacer además de atendernos.
- Claro que no Piíta, no hay nada más importante que el cliente y ustedes son mis clientes, ¿cierto Ernestito?
Pía celebra los ojos chinitos de Ernestito cogiéndole los cachetitos con mucha suavidad, no como su hermana Jovita que los estira hasta más no poder, hasta dejarle una marca roja en la cara. Al salir Pía siente otra vez ese hervor en su piel, ese comezón en cada una de sus extremidades que la hace voltear y ver que atrás de ella está Gerardo, mirándola, mirándola y penetrando sus ojos hasta llegar a sus órganos y ve que se acerca, siempre manteniendo esa mirada, aquella mirada que mantienen las leonas frente a su presa, baja, directa, hiriente, y a Pía esa mirada también la hiere, la hace sentir una presa, acorralada, indefensa, a punto de entregarse a la mordida mortal de su acechador.
- Hola Piíta, perdón, Pía ¿Quieres salir esta noche a cenar?
Y Pía, aún siente el cuerpo caliente, herido, extraño, como nunca antes, no entiende por que se siente así, no entiende el ardor en los brazos, ni el cosquilleo en la panza, ni por que le dijo que sí a Gerardo, cómo dices Piíta, que sí, entonces esta noche paso por ti, y ella, nos vemos, y Pía ahora consternada no sabe que hizo y sólo atina a ver a Ernestito jugando con su chupete, haciéndolo volar cual nave espacial.
No hay comentarios:
Publicar un comentario