Cuando Ernesto escuchó de los labios de su madre la palabra chupete, dejó de imaginar que era el hombre elástico y que con sus cachetes iba a golpear a su tía más joven para que nunca más se los estirara. De inmediato tomó la mano de su mami y se fue a la tienda en busca de su chupete.
Al llegar a la tienda, su mano se soltó y salió de un salto en busca de su chupete. Tardaría horas en busca del color ideal. Habían salido muchos colores nuevos últimamente que no sabría cuál elegir. Mientras tanto la madre de Ernesto se quedó conversando con Gerardo, el dueño de la tienda, que a Ernesto le parece un gordo feo y grasoso.
Los colores variaban de un rojo con negro muy atractivo pero a la vez muy intimidante a un fucsia casi violeta con pequeños puntitos amarillos. Habría que analizar muy bien las cosas, su lengua ha estado muy exigente en estos días. De pronto, aquellos chupetes redondos y coloridos empezaron a elevarse y a girar en el cielo, luces de colores salieron de sus costados. Había empezado la invasión y Ernesto, que ahora se hacía llamar “hombre de negro”, no estaba preparado para el combate extraterrestre. Su famosa arma, el bati-bumerang, había sido dañada por Sebastian, su compañero del colegio, cuando ambos, a falta de policías y bomberos, ayudaron a una indefensa y piernona chica que estaba siendo atacada por un grupo de chicos de pantalones anchos y pelo largo. Ernesto guardaba un as bajo la manga, había acumulado metros y metros de cabello humano que había arrancado a unos narcotraficantes espaciales y que había guardado secretamente en una de sus medias para usarlo cuando llegara el momento adecuado. Definitivamente para Ernesto, había llegado el momento adecuado. Se sacó el zapato con prisa y mucha habilidad (Ernesto había ensayado un método que prendió en la India de cómo sacarte el zapato sin desamarrarte los pasadores), cogió su media y de un sacudón sacó más de 10 metros de cabello humano que bien compacto se hallaba guardado entre su dedo gordo y anular. La invasión se había extendido por todo el mundo hasta llegar al África, en donde tres extraterrestres murieron de insolación y dos de hambre. Ernesto, con la ayuda de casi 10 metros de cabello humano bien guardado en una de sus medias, cabalgó sobre una nave de luces color naranja y saboteó tres aterrizajes extraterrestres, convirtiéndolo en un héroe nacional e internacional y hasta transnacional. De todos lados llegaron para homenajearlo. El Pontífice dio unas palabras en honor al hombre de negro.
- ¿Ya escogiste Ernestito?
Claro que había escogido, escogió la nave que más pelea le había dado, aquella de puntitos rojos sobre el caramelo azul que le dejaría un recuerdo durante horas de su artificial color.
- Mi amor, escoge rápido que seguro Gerardo tiene muchas cosas que hacer además de atendernos.
- Claro que no Piíta, no hay nada más importante que el cliente y ustedes son mis clientes, ¿cierto Ernestito?
¿Erenestito? Odiaba que el gordo grasoso lo llamara Ernestito. Le hacía arrugar los ojos a tal punto de simplificarlos a tan sólo un punto, un puntito como el que pone sobre la i cuando escribe mami o jovi o mami otra vez. Pero Ernesto sabía que no podía sacar el cabello que ocultaba en su media porque a mami no le gustaría que monte al gordo grasoso como un gran platillo volador y lo estrellara sobre el desierto para luego llevarlo a que los osos polares se lo coman vivo y puedan alimentar a sus crías en extinción.
Ernesto movió la cabezota de arriba abajo y de abajo arriba y luego miró a su mami que no tardó en guiñarle el ojo y acariciarle los cachetes que de seguro luego estarían llenos de caramelo y tan melosos que el pasto y los insectos se le quedarían pegados.
Ernesto miró al gordo grasoso y vio que también le sonreía con sus dientotes amarillos amarillos y llenos de latas de atún, porque Ernesto detestaba el atún y detestaba cuando su mami abría una de esas latas de atún que hacían que toda la casa apestará a atún y también su cuarto, a pesar que Ernesto derramaba todo el perfume de su mami en su cama y se echaba boca abajo inhalando fuertemente hasta quedarse sin aire y sin nariz.
- Hasta luego señor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario