lunes, 13 de febrero de 2012

11. LA ABUELA DE ERNESTO



La abuela de Ernestito se llama Roma; pero todos le dicen Mamá Roma. Ella odia su nombre, y los espaguetis fríos y el pelo húmedo de los gatos. Su padre, un mercante codicioso y lleno de acné, tenía una extraña fascinación por la cultura Italiana. Empezó con la sobreestimación de un recuerdo traído directamente del Vaticano. Un santo bendecido por el mismísimo Papa. Se trataba de Santa Catalina de Siena, la hija número veinticuatro de un tintorero. Eufrosina, como la apodaron sus hermanos, se pasó toda su juventud teniendo visiones cubistas del infierno y el purgatorio, y apoyando fielmente a cuanto Papa aparecía.
Leandro era el nombre del padre de Mamá Roma, y a sus treinta y tres años (edad profética), cambió su nombre por el de Nápoles, suceso que le dio el sobrenombre de “el napolitano”. El Napolitano era un hombre mas que todo discreto. Siempre se vestía con el mismo pantalón y la misma camisa, aunque en su ropero guardaba celosamente y bajo llave, sus tres trajes blancos de beato que compró en una subasta con el dinero que heredó de su padre momentos antes de morir. Su padre, tapando el hoyo chamuscado que dejó la bala en su pecho, le pidió a Leandro que escribiera sus últimas palabras. Leandro cogió una rama de un árbol y empezó a escribir en la arena: A mi hijo y a mi mujer les dejo todo, a mis enemigos, un pasaje con todo pagado, a la mismísima mierda. Su padre firmó con su nombre completo, Juan Franciscano Perez Ceballos, y murió. Ese día Leandro prendió dos velitas misioneras y limpió el cuarto de su padre con agua bendita, o media bendita, ya que el robo de esta le había quitado una porción de santidad. Mientras Leandro realizaba su limpieza sacerdotal, encontró dentro de una de las medias de su padre, una estampilla gastadísima y arrugada del Papa saludando con la mano izquierda a una multitud de gente con frío. Abajo se leía con letras blancas y toscas, “El Papa en Roma”. A Leandro le gustó ese nombre, Roma, muy simpático, se dijo, muy simpático. Guardó la estampilla y siguió limpiando.
Mamá Roma se levanta con mucho esfuerzo del mueble. Su piel arrugada y dura se contrae y expande con el movimiento. Sus ojos amarillos y brillosos, llenos de cataratas, se mueven de su lugar, avanzan prolongadamente y escapan del borde de sus párpados para sobresalir un poco. Su boca, como una prenda arrugada, se pliega, se acordeona, cuelga de su cara como una extremidad sin huesos, ni músculos, sólo piel. Se coge fuertemente del borde del mueble, y empuja hacia arriba, se estira, con una mano en el mueble y la otra en el aire, como haciendo contrapeso, o equilibrio, o como si se sujetara del aire bien fuerte, de una mano, o de una asa; pero no hay nadie, sólo Mamá Roma que se estira para librarse de la comodidad del mueble, para descansar las posaderas y caminar aunque sea unos pasos, un poquitito no mas, ayayay, ayayay, y logra ponerse de pie para tomar un poco de aire y recuperar la energía perdida que ahora resbala por su cien: Una gota ploma y discreta que cuelga sostenida de una arruga, como resistiéndose a la gravedad, bajando lentamente y de espaldas, esperando su final. Mamá Roma siente unas diminutas manos hundirse en su trasero. La flecha dura y metálica de Cupido arremetiendo sin amor y sin cuidado. Ernesto choca y huye, con sonrisa de convicto, esperando escuchar de lejos el quejido diario de su abuela.
- ¡Muchachito del demonio!
Mamá Roma hace equilibrio de circo para no caer. Mientras gruñe, mira a Ernestito huir delgado y cabezón tras la puerta de la sala y correr en dirección a su cuarto. Mamá Roma piensa en ir detrás del niño y cogerlo de las patillas y sacarle toda la malcriadez a cachetadas; pero está cansada. En cambio olvida para qué se había levantado del mueble y vuelve a sentarse. Ayayay. Encuentra el control remoto enterrado bajo los cojines, enciende la tele, sube el volumen que ya se encontraba alto, e instantáneamente empieza a reírse de la primera imagen que logra ver: Jean Claude Van Damme lanza una patada voladora a un chino bastante inflado, que cae en cámara lenta sobre el suelo. Mamá Roma ríe al ver los grandes pectorales del chino moverse desnatural sobre su sitio. Como dos grandes senos peleando entre si, feos, tocos, sin la gravedad necesaria para lucir bien.
Un poco confundida, Mamá Roma siente un hilo caliente rozar sus piernas y bajar a sus talones. Siente un desequilibrio en sus músculos, una repetida sensación de placer y vergüenza corriendo por su piel dura, bajando hasta el último, sin retorno, con fluidez. Mamá Roma demora unos segundos en recordar que se había puesto en pie porque sus ya casi imperceptibles sentidos le habían dicho que tenía que ir a orinar. Y siente las gotas gruesas que bajan hasta calentar sus venas y teñir la alfombra de la casa, formando un charco espumoso y amarillento en forma de corazón. Ayayay.

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